Llega la Navidad y todo se vuelven metas, propósitos, regalos, familia. No todo. A veces alguien detesta estas fiestas. En ocasiones recuerdan a la soledad que envuelve un alma o a aquellos que no están. De vez en cuando pensamos en todas esas personas cuya Navidad es una prueba más de su estado de necesidad o del abandono de la sociedad. Y otras, de las desigualdades que propician estos tiempos. Pero casi siempre se adorna de rojo y verde, con un jersey de sonrisa tejido por la abuela, y una comilona que dura días de restos.
Llevo varios años poniendo en mi vieja lista un propósito que nunca se cumple, porque no es mío. Así que este año, mi propósito es centrarme en aquello que no se ve, pero se percibe. Voy a hablar de salud mental, porque ahora en estas fiestas, la frase <<qué pena que ahora esté así con las fiestas que vienen>> me ha hecho pensar. Estas fiestas no hacen a la gente mejor, como tampoco lo hizo la pandemia. Pero porque tu ansiedad coincida con ellas, no le aporta más importancia. Tampoco menos.
Estas fiestas desgranan en pedacitos la gran montaña rusa que es el mundo y a los usuarios de tan codiciada atracción. Me encuentro en zona valle. Pero la angustia de la altura cuando llegas a las puertas de la bajada a los infiernos, es dura, complicada, agotadora y miserable. Sin saber gestionarla, te aturde, te envuelve y no te abandona. Por eso, en vez de girar en torno a un propósito imposible, hay que crear los posibles y llenar el parque de atracciones de empatía. Comprender las emociones de uno es un trabajo en sí mismo. Tratar de abrazar las que no te pertenecen o experimentar indirectamente los sentimientos de otro, no es tarea fácil, pero es posible. Por eso, apelo a la empatía, aunque cueste.
Hoy pienso en todos aquellos Grinch de la Navidad. Los que lloran en una época donde, por causas desconocidas, parece que tenemos que sonreír forzosamente aunque no tengas ganas ni manera. En esos que se ven forzados a ver al padre insoportable o indeseable; a la madre helicóptero; a la tía abuela desagradable que te sigue agarrando del carrillo mientras confirma lo gordo que estás este año; al tío tercero o cuarto que no estuvo cuando debía estar y está ahora que no hace falta. A los que la Navidad se la trina. A los que sólo desean poder disfrutar un poco más, o estar menos tristes, menos endeudados, menos pobres, y menos deshumanizados. ¿Qué podemos hacer como sociedad para vestir la Navidad con guirnaldas y unirla a la hoguera que supone para otros? No negar nunca nuestras emociones, tratarlas, sanarlas, respetarlas y conciliarlas con las de otros. Seas como seas y estés como estés, hay un hueco para ti en este parque de atracciones de la vida (obvia al que te diga lo contrario), así que si en la bajada tienes que gritar, gritaré contigo. Busca ayuda si la necesitas, porque, aunque no se publique o no se diga, te puedo asegurar, que ayuda necesitamos todos. En una u otra circunstancia. Nadie ha pasado más ni menos que tú. En toda la historia de vida hay momentos para el olvido y otros para atesorar en recuerdos. Este año, os deseo ¡salud mental a todos!